Crítica “Tiempos de guerra” 1×01: sobre las historias ovaladas

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“Un capítulo redondo” me repetía a mí mismo la noche del pre-estreno de “Tiempos de guerra” mientras recorría las elegantes calles de Vitoria camino de mi hotel. Intentaba convencerme de que lo que acababa de ver estaba a la altura de las mejores ficciones internacionales. Y el objetivo estaba casi conseguido… pero había algo en lo que acababa de ver que no terminaba de convencerme. La presentación de los personajes y del conflicto principal habían sido ejemplares, las tramas personales sonaban potentes… El capítulo tenía todo lo que podía pedírsele a un piloto así. Ni siquiera las limitaciones presupuestarias de nuestra ficción habían dado al traste con una propuesta tan ambiciosa. Quizás lo único que echaba en falta era un poco más de emoción en el rostro de la protagonista, especialmente el sentimiento de verse superada ante los acontecimientos que estaba viviendo… Pero el problema no era ese. El problema era otro. ¿Cuál era?

Fue entonces cuando me crucé con él. Caminaba en la misma dirección que yo y se paraba a charlar con unos amigos. Me acerqué a saludarle. Fue algo rápido, un “cómo estás, Olivares”, un “qué tal tu estreno de anoche”, un “me alegro de verte”. Sin embargo, fue suficiente para despertar en mi cabeza el recuerdo de uno de los titulares que me regaló en la entrevista que tuve oportunidad de hacerle meses atrás:

“Hasta que no tengamos series que duren cincuenta minutos…”

El piloto de “Tiempos de guerra” dura 73 minutos. ¿Ese era el problema? ¿De verdad? Durante años yo había defendido que sí, que la duración era un lastre, que las historias se contaban mejor en cincuenta minutos que en setenta. Sin embargo, cuando el matrimonio Jaquemetton estuvo en España hablándonos del proceso de escritura de “Mad men”, mi seguridad saltó por los aires. Les pregunté qué les parecía que nuestros capítulos duraran tanto y él aseguró que la duración no era un problema, que ellos a veces desearían contar con más tiempo por capítulo, que en su formato se veían obligados a comprimir demasiado, que se dejaban cosas interesantes sin contar y que si bla, bla… ¿En serio? ¿Un guionista de “Mad men” me estaba diciendo que nos tenía envidia? Entonces me convencí de que la eterna queja de los guionistas españoles no era más que una excusa. Me convencí de que si preferíamos escribir 50 minutos era porque somos unos vagos o unos inútiles que no queremos o no sabemos exprimir los conflictos como se merecen, que no podíamos quejarnos porque nos dejaran rellenar veinte minutos más del prime time que a nuestros homólogos del resto del mundo.

Pero no. Los Jaquemetton estaban equivocados. Después de ver el primer capítulo de “Tiempos de guerra” entiendo que, aunque consiguiéramos rellenar setenta minutos con la mejor de las tramas, jamás conseguiremos escribir una historia redonda. O al menos nunca conseguiremos que el espectador la perciba como redonda. ¿Por qué? Porque, de alguna forma, el cerebro de un consumidor de series se encuentra formateado por las innumerables ficciones internacionales que consume a diario. Y estas ficciones duran cincuenta minutos. A fuerza de ver capítulos más cortos, nuestro cerebro, nuestra capacidad de atención y nuestra paciencia se han acostumbrado a esa duración y, por muy bien que lo hagamos, siempre va a encenderse una alarma en nuestra cabeza a la altura del minuto cincuenta. Y esa alarma nos hace creer que que el capítulo está tocando a su fin cuando la realidad es que aún quedan veinte minutos de metraje ¡Veinte minutos! Mantenerle pegado a la pantalla entonces es tratar de ganar una batalla que tenemos perdida de antemano. Porque mientras el resto del mundo siga haciendo series más cortas que nosotros, a lo más que podremos aspirar es a construir historias ovaladas, es decir, historias redondas que han sido estiradas por el centro. Sólo tenemos dos opciones: o prohibimos las series de cincuenta minutos para que la única referencia seriéfila de nuestros espectadores sea la nuestra o acortamos la duración de nuestros capítulos. No nos queda otra. La edad de oro de la ficción española lo merece.

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