Crítica “El padre de Caín”: de la importancia de la ambientación y de las normas que rigen en la ficción

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Los mimbres con los que los guionistas confeccionamos nuestras historias son básicamente de tres tipos. Por un lado, los personajes son los protagonistas del relato y los sujetos que propician los acontecimientos. Éstos, a su vez, son las acciones fotograbiables que realizan nuestros protagonistas y que hacen avanzar la trama. Por último, el universo (o ambientación) es el entorno en el que los personajes llevan a cabo sus acciones. La combinación de personajes, acciones y universo es la que nos permite particularizar nuestra historia y diferenciarla de las demás.

Los guionistas novatos suelen centrar su atención en las acciones, pues éstas parecen ser el instrumento central para avanzar en un relato. Sin embargo, según te vas adentrando en el oficio, te das cuenta de que los acontecimientos, por sí solos, carecen de la capacidad para involucrar al espectador en nuestra historia. Y es entonces cuando posamos nuestra mirada en la construcción de personajes. En el fondo, acciones y personajes van de la mano porque son los personajes los que determinan qué acción puede llevarse a cabo y son las acciones las que nos revelan la verdadera naturaleza de los personajes.

El tercero de los ingredientes también está relacionado con los otros dos. Por un lado, el universo singulariza a los personajes y sus acciones. Éstos, a su vez, nos conducen a través del universo y terminan de componer el retablo. De los tres ingredientes, el universo suele ser el menos trabajado, ya que supone un extra de trabajo para el guionista. Sin embargo, la selección y descripción de un buen universo no es menos importante que los otros dos mimbres. El universo tiene la desventaja de acotar los márgenes imaginables de nuestra historia pero también puede potenciar nuestra creatividad hasta convertir nuestro relato en un guion único.

El gran acierto de “El padre de Caín” es, sin duda ninguna, este tercer ingrediente. Alejandro Hernández y Michel Gaztambide nos dibujan el Intxaurrondo de 1980 con tanta maestría que muy pronto te preguntas cómo es posible que nuestra ficción no haya explotado este filón hasta convertirlo casi en un súbgenero policiaco con identidad propia. Si los americanos han sabido exprimir las virtudes cinematográficas de sus guerras (Vietnam, Irak…) ¿Por qué nosotros no hemos hecho lo mismo con el País Vasco de la Transición?

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Tengo que decir que el capítulo 1 de esta miniserie me atrapó desde el principio y me mantuvo en vilo. La empatía con el protagonista, objetivo tan perseguido como difícil de conseguir, se produce aquí inmediatamente. El recurso de la mujer embarazada, manido donde los haya, se convierte en este caso en una poderosa herramienta de identificación y, por arte de birli birloque, personajes como el del compañero de Quim Gutierrez, que en otro universo no hubiera pasado de ser un cliché, aquí nos parecen tan reales como la vida misma. No quiero quitarle mérito a la construcción de personajes o a la selección de acontecimientos pero creo que el verdadero éxito de esta historia se encuentra en la acertada selección y descripción de su universo. El ambiente plomizo del País Vasco, el peligro debajo de cada coche, la soledad y el miedo de toda una época se encuentran aquí perfectamente retratados.

Sin embargo, cuando juraría que íbamos a asistir a una de las mejores miniseries del año a nivel mundial, cuando tan sólo faltaba rematar la faena con una trama de género de esas en las que sólo tienes que recoger lo que ya has sembrado previamente, en las que sólo hay que elevar la intensidad del conflicto poniendo la vida de los protagonistas en juego… Cuando parecía que lo más difícil estaba hecho, de repente, la trama se convierte en otra cosa… otra cosa para lo que no nos habían preparado. Y el espectador se frustra… y la historia se desinfla.

Es cierto que nadie tiene la culpa de ello. “El padre de Caín” está basada en hechos reales y a ellos se debe esta historia. Sin embargo, lo que en la vida real nos sobrecoge, en la ficción no tiene por qué hacerlo. Las reglas que rigen en la vida no son las mismas que en la ficción. El mundo está llena de “casualidades” y, como tal, las aceptamos pero la ficción se rige por “causalidades”. La intromisión de las primeras en la ficción desactiva cualquier mensaje que el autor estuviera intentando transmitirnos (salvo que el mensaje fuera “la vida está llena de casualidades”) y convierte la narración en un suceder de acontecimientos del que nada se puede aprender.

Pero que no podamos sacar una moraleja como espectadores no significa que no podamos sacársela como guionistas. La conclusión quizás no sea válida para un historiador o para un periodista pero para nosotros sí que lo es: “no permitas que la realidad te estropee una buena historia”

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